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Lunes Octubre 18, 2021

Por: Catalina Barrera e Isabel Zuluaga

Quienes no lo conozcan y entren a su oficina alfombrada en el barrio Centenario de Cali, vean su diploma de abogado colgado en la pared, el elegante escritorio y la vista desde su ventana, pueden pensar que Fernando Sepúlveda es un hombre de traje, recintos cerrados y mucha burocracia. Sin embargo, como dice Rubén Blades, “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”. Detrás de esta apariencia se dibuja un ser que durante siete años fue testigo directo de la violencia y el derramamiento de sangre, sudor y lagrimas que padece Colombia.

Antes de ser abogado, Sepúlveda fue camarógrafo del noticiero regional 90 Minutos, de Telepacifico y a través del lente de su cámara, su principal herramienta e infalible compañera de viaje, documentó los principales acontecimientos noticiosos entre 1995 y 2002. Tomas guerrilleras, masacres paramilitares, desplazamientos forzosos, incautación de laboratorios de cocaína y los tres secuestros masivos que tuvieron lugar en el Valle del Cauca: el de la Iglesia La María, la pesca milagrosa llevada a cabo en el quilómetro 18 y el secuestro de los diputados del Valle por parte de las Farc.

Esta es una entrevista con pausas y largos silencios a través de los cuales Fernando se esfuerza por recordar los nombres de pueblos fantasma, campamentos y otros lugares en los que presenció el dolor ajeno, sintió la desolación de los secuestrados, la desesperación de los familiares y los gritos de niños atrapados por el pánico. Palabras que exponen a un hombre debatido entre el deber, el corazón y la cruda realidad.

¿Cómo era su rutina de trabajo en el noticiero 90 Minutos?

Allí trabajé desde 1995 hasta el 2002 y aprendí a partir de la práctica, de cargar cámaras y asistir a profesionales que llevaban más tiempo en el oficio. Debido a que era noticiero de televisión, teníamos que asumir un rol multifacético y solo había cuatro camarógrafos que cubríamos todas las secciones. El tiempo durante el que trabajé fue un periodo muy convulsionado y todos los días había algo para filmar referente al conflicto. Cuando estábamos cubriendo turnos de noche, nos llamaban por beeper para desplazarnos hasta los lugares y hacer registro, eso era inmediato.

Trabajar allí me dio un mayor panorama de la realidad, por ejemplo, pude entender que Florida, Corinto y Pradera son peleadas a muerte aquí en el Valle porque simplemente son corredores estratégicos por donde la guerrilla se mueve, entran drogas y sacan armas. Me di cuenta de que la mayoría de nuestro conflicto no tiene nada que ver con ideologías y sobretodo, quedé impresionado  al ver que en estos campamentos guerrilleros uno intentaba discutir con varios mandos, pero muchos ni sabían qué era la izquierda, no tenían ideales, ni idea de nada. Es que antes de ese trabajo pensaba que la guerrilla tenía convicciones pero me di cuenta de que todo no es más que un estilo de vida, un negocio, y que a ellos le gusta.

¿Podría narrar cómo fue que le tocó cubrir los secuestros masivos del Valle?

Casualmente me toco hacer registro en los tres secuestros más importantes del departamento y precisamente eso fue lo que influenció en la decisión de retirarme. El de la iglesia La María fue coincidencia porque pasé por el sitio mientras hacía un video institucional y ahí logré grabar varias tomas. Días después tuve que subir a un punto donde entregaban niños y ancianos y durante una de esas ocasiones estaba haciendo el balance de colores con la cámara, cuando un guerrillero pensó que yo lo estaba grabando a él y me puso el fúsil en la cara. Nunca me voy a olvidar que había un camarógrafo venezolano, grandote que fue y se le enfrentó al guerrillero; le decía: “¿y es qué lo vas a matar? Pues nos tendrás que matar a todos!” y fíjese que intimidó al guerrillero.

También cubrí el de los diputados, fui el primer medio en llegar al lugar, pues estaba en la sala de prensa de la gobernación esperando una entrevista con el entonces gobernador del Valle, Angelino Garzón, cuando de repente escuché una explosión. Ahí mismo salí corriendo, uno como que tiene un chip para intuir las cosas y cuando lo recuerdo todavía me dan escalofríos, porque estuve al frente del guerrillero que estaba en la puerta con el perro.

¿Por qué escalofríos?

 Es que yo jamás acostumbraba a acatar ordenes, así me dijeran que no me fuera por ahí o no me metiera a algún lado, yo lo hacía. Pero quien sabe, tal vez Dios me tenía destinado para otras cosas. ¡Es que yo pude haber entrado! Y si lo hubiera hecho me hubieran matado allá adentro.

Lo otro es que después de que se dieron cuenta de que todo había sido un operativo de la guerrilla, tuve que ir a hacer la ruta de los secuestrados, por allá por Yanaconas. Eso fue hacía el medio día y nosotros llegamos hasta un punto donde había dos carros con unos policías que me pararon y me advirtieron: “si usted sigue es bajo su responsabilidad…mire el helicóptero que le está boleando plomo a lo que sea”.  Mientras hablaba con ellos, unos colegas de RCN trasgredieron, como aprovechando el despiste, pero ese mismo día tanto el periodista como el camarógrafo murieron. Lo que realmente me impacta es que yo no solía ser así, no acataba ordenes, pero en ambas obedecí y vea, me salvé. 

¿Y cómo fue el último secuestro?

Ese fue precisamente la pesca milagrosa que ocurrió en el kilómetro 18. Para ese cubrimiento estaba con Miguel Ángel Palta, periodista veterano en la guerra. Estaba demasiado oscuro y fue a punta de olfato que fuimos el primer medio en llegar a donde estaban los carros de los secuestrados; todo a partir de la intuición de un periodista, que no le hizo caso a las personas situadas en puntos estratégicos de la carretera. Miguel se pillaba quienes eran los campaneros y solo hasta ahora, después de mucho tiempo, es que yo vengo a entender muchas cosas…él la tenía clara.

Además de los secuestros, ¿qué otras cosas vivió como camarógrafo del noticiero?

Lo que más impacta son los rostros de la guerra. Yo soy de ascendencia campesina, mi madre y mis tíos son de Morales, Cauca. Cuando yo filmaba y veía los rostros de la guerra y el dolor, me parecía estar viendo a mis tíos, gente humilde, mi familia. La  gente del campo es la que mas sufre el conflicto, son las mayores víctimas… uno siente tanta impotencia. Una vez estuve en un pueblo cerca de Corinto y no pude aguantar las lágrimas por que vi a una niña como de cinco añitos, que estaba siendo desplazada y lo único que quería salvar era un lorito que tenía en una jaula. Fue muy duro ver a la mamá echando dos o tres gallinas, la niña con dos cuadernitos en una mano y con el lorito en la otra.

Hay veces es peor que en las películas. Las películas se quedan cortas. De verdad que por mas que uno diga que no, uno trataba de tener la cámara al hombro, pero no. Mientras estaba haciendo registro por el visor, muchas veces tenía los ojos encharcados. Es de locos pensar que uno podía mantener cordura y decir “¡Ay, se me desencuadró la tomita”. Pero nada, pues a pesar del dolor toca echar pa’ delante, tragarse el sapo y muchas veces tuve grabar con el pecho hinchado de dolor y con el taco ahí…todo por cumplir con el deber.

Muchas veces transportamos gente desplazada en la camioneta en la que íbamos, pues a pesar de los registros que teníamos que hacer no podíamos abandonar ese lado humano de la guerra. 

Fernando con sus compañeros en tiempos de 90 Minutos.

 

¿Cómo era la relación entre periodista y camarógrafo?

Siempre había una comunicación entre el periodista y el camarógrafo y los periodistas tenían sus fuentes pero eran muy reservados con ellas. Todo se regía bajo la inmediatez del momento y muchas veces a la madrugada sonaba el beeper y nos tocaba irnos porque las tomas guerrilleras siempre empezaban de noche y algún habitante llamaba a avisar que la guerrilla se está metiendo. Hoy en día eso de salir de inmediato no se da, mis amigos me cuentan que ya no pasa eso y se espera hasta el otro día para ir al pueblo.

¿Con que situación se encontraba al llegar al lugar de la toma?

Muchas veces llegábamos al pueblo y los guerrilleros o paramilitares nos decían que estaban esperando al ejercito mientras tenían a los policías amarraditos en la mitad de la plaza. Mostraban todo su poderío, todo su armamento y la gente del pueblo sentada alrededor ellos.  Uno sentía un miedo tremendo, sacábamos una bandera blanca, el carro tenía un logo de 90 Minutos y mientras tanto íbamos con  los ojos pegados del parabrisas mirando a ver donde veíamos una señal de alerta, una bomba, unas hojas mal puestas, que nos indicaran que debíamos devolvernos.

A uno le daba miedo preguntar…el ambiente siempre era tenso. Me impresionaban los pueblos desolados, fantasmas, y la gente presa del terror con todas las casas manchadas de grafitis con amenazas de muerte.

¿Y qué decían los actores de la guerra?

Uno dentro de la profesión se comienza a dar cuenta que cada frente maneja su discurso… los paramilitares, los militares, los guerrilleros. Los militares no son muy dados a hablar, son más herméticos, pero uno se da cuenta que entre ellos, quienes realmente le ponen el pecho a la guerra son los soldados rasos. Por otro lado, los paramilitares eran hombres adultos y mercenarios, mientras que en la guerrilla uno veía niños con armas, pero ellos eran muy cortantes y fríos. La guerra los enfría, los distancia.

Una vez nos pasó algo curioso porque íbamos por Jamundí y nos paró un reten del ejército preguntándonos a donde nos dirigíamos. Cuando seguimos, a menos de dos kilómetros, estaban los paramilitares. Notamos que trabajaban como bajo las mismas coordenadas.

¿Qué lo llevo a dejar la actividad de camarógrafo y convertirse en abogado?

El peligro diario al que uno se enfrenta. Yo le agradezco muchísimo a esta profesión por que conocí muchas cosas y muchas perspectivas de la violencia, pero la verdad es que cuando uno comienza a armar familia, con esposa e hijos, ya no se pueden asumir los mismos riesgos… además de que la paga no es tan buena. Por eso decidí estudiar derecho. Precisamente comencé mientras seguía trabajando, recibí el apoyo de mis jefes y mis compañeros me colaboraban a cuadrar los turnos. Me acuerdo muy bien de una vez en la que llegué de filmar por allá en pleno monte y me tocaba presentar un examen en la universidad, y yo me fui embarrado, sudado y sucio a hacer el examen.

¿Qué piensa de los diálogos de Paz? 

Fíjese que yo amo a Colombia pero luego de haber vivido toda mi vida en medio de la guerra, siempre he pensado que durante un año sabático quisiera irme de viaje a un país donde uno pueda caminar tranquilo y sin miedo a que lo ataquen o roben. Pero de igual manera, amo a mi país y siempre he estado a favor de la Paz. Quiero que mis hijos vivan en un lugar más tranquilo, porque aquí uno vive atemorizado todo el tiempo… y es un país con unos paisajes de ensueño. Sin duda será algo difícil, pero la esperanza no se puede perder porque sino seguiremos en una guerra eterna, más sangre, más infamia.

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Esta historia hace parte del especial Resiliencias. Clic aquí para verlo.

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